
Por: Nery Alexis Gaitán
Todos lo sabemos, Honduras es un país muy rico en recursos naturales renovables y no renovables; estamos bendecidos por dos mares que bañan nuestras costas y tenemos playas bellísimas. Su población es trabajadora, servicial y generosa y lucha por mejorar su calidad de vida. Honduras es un gran país y su gente debería vivir con prosperidad, en un ambiente de paz y verdadera democracia.
Pero la realidad es muy triste. Somos el segundo país más pobre de América a consecuencia de la corrupción que es nuestra tragedia nacional. La clase política es la responsable, con su asqueante corrupción es la causante directa de la miseria que impera en nuestra patria. Desde siempre, los políticos han instaurado la corrupción como la agenda a desarrollar, robándole al pueblo lo que por derecho le pertenece.
La corrupción, avalada por la impunidad, se ha instaurado en todos los niveles gubernamentales, en los tres Poderes del Estado, sin excepción alguna. Asimismo, ha invadido el ámbito privado, que en contubernio con el gobierno han saqueado sin misericordia alguna el dinero de los pobres. Todo contrato, todo permiso, todo proyecto que ejecutan está plagado de corrupción.
Así vemos el latrocinio que se realiza desde la banca, la ganadería y todo tipo de industrias. En complicidad con el gobierno se le ha permitido a los bancos cobrar intereses altísimos por todo; los abusos están a la orden del día. Todo en Honduras es caro, producto de la ambición desenfrenada de malos ciudadanos que controlan y son los dueños de todo. Por eso el 5% de la población es millonaria y el 95% es entre pobre y miserable.
La consecuencia de la corrupción nos ha convertido en un país pobre, donde la lucha por comer diariamente es la batalla que libra el 61% de la población, y el 40% subsiste con un dólar al día. Y a ninguna figura de autoridad, le importa que el pueblo sufra hambre.
La lista de desgracias que aquejan a nuestro pueblo es muy extensa. Pero no podemos dejar de mencionar la terrible situación actual. El sistema de salud está colapsado. El gobierno anterior prometió construir ocho hospitales y fue una vil mentira; el que mayor avance tiene está al 36% de su ejecución y se han paralizado porque se está investigando el terrible saqueo y desvío de fondos que se dieron con estas construcciones que ascienden a muchos miles de millones de lempiras.
Los planes de estudio de la educación pública están desfasados, obsoletos y no responden a las nuevas exigencias del mercado laboral. Hay más de un millón cien mil niños que no asisten a la escuela, incrementando los males sociales en donde se aprovechan de ello las maras y el crimen organizado para reclutarlos. Es que el hambre y la miseria son malas consejeras.
La inseguridad ciudadana es alarmante. Se ha incrementado la delincuencia común, la extorsión es un flagelo terrible que daña la economía nacional y el crimen organizado y el narcotráfico se encuentran a sus anchas. El índice de desempleo es altísimo, no se generan como debería ser nuevas fuentes de trabajo. El agro está en abandono, los insumos, fertilizantes, pesticidas están por las nubes.
El salario mínimo, aunque recién se aumentó, no responde al alto costo de la vida. La canasta básica está inalcanzable para los pobres. Lo mismo el transporte público y demás servicios. Aquí nada es barato.
Ya la situación estaba así de terrible, antes de que empezaran a aumentar los precios de los combustibles, ahora todo está peor. A los pobres se les ha incrementado su sufrimiento.
Los hondureños necesitamos que se haga una lucha frontal en contra de la corrupción. Y que se meta a la cárcel a los corruptos, tal como debe ser; pero, mientras se siga avalando la impunidad nada cambiará.
¡Los hondureños merecemos un mejor destino en la vida.