
Por Nery Alexis Gaitán
Reitero que amo a mi patria y parte de mi vida la he dedicado a defender la endeble democracia que tenemos y he sido un incansable trabajador cultural, aportando hasta el momento 45 libros a la bibliografía nacional. He soñado con una Honduras próspera, con la mejor calidad de vida posible, sin pobres ni personas hundidas en la inhumana miseria.
Pero la realidad es que Honduras es el país de la amargura. Aquí todo duele, todo es pobreza, carestía, miseria al por mayor. La pobreza supera el 60% de la población y la miseria sobrepasa ya el 40%; miles de hondureños no tienen recursos para comer los tres tiempos al día.
Aquí lo que impera a diestra y siniestra es la corrupción, avalada por un alto grado de impunidad. El sistema de justicia es selectivo, político, un cómplice más en esta realidad de amargura e injusticia que los hondureños vivimos todos los días.
Aquí todo pasa sin que pase nada. No hay día en que no se destape un acto de corrupción por escandalosas cantidades millonarias, pero sucede lo que dice la canción, la noticia es “sensacional cuando salió en la madrugada, a mediodía es noticia confirmada y en la tarde materia ya olvidada”. Por eso los corruptos roban a vista y paciencia de todo mundo porque saben que nadie los meterá presos.
Aquí la bandera nacional debería ser una que alabe a la corrupción, ya que es el deporte nacional, más específicamente nuestra tragedia cotidiana, que nos ha condenado a la miseria y a ser los más pobres de América después del devastado Haití.
Es corrupto todo aquel que tiene una cuota de poder, desde el presidente, ministros, diputados, dirigentes políticos, sociales y gremiales; los líderes religiosos no se cuentan por feligreses que orientan hacia el bien, sino por los millones que le roban a la congregación. Todos practican la corrupción y si hay uno que otro honesto, no hace la diferencia en este injusto y podrido sistema de vida que tenemos.
La corrupción gubernamental es desastrosa, vil y malvada. Ha condenado a la población a vivir en la miseria desde siempre. A ella se le une la corrupción privada, que aliándose con el gobierno, roban sin cesar. Los empresarios corruptos le roban y abusan de sus empleados y les dan sueldos de hambre; manufacturan productos de mala calidad y los venden caros. La banca, la industria, la ganadería están invadidos de corrupción hasta más allá del cuello. Aquí al ciudadano común le roban en todo trámite, en toda compra, cada vez que solicita un servicio; el sistema está hecho para robarle impunemente.
Los abusos son el pan diario, por ejemplo, al pobre le cobran la energía eléctrica y si no paga en dos meses se la cortan inmediatamente. En cambio, los deudores millonarios siguen gozando del servicio y nadie les cortará la luz y llegan al cinismo de que les condonen la deuda. Los abusos en el sistema de salud pública son aberrantes, los pobres se mueren por tendaladas sin que al gobierno le importe. Lo mismo podemos seguir enumerando abusos en todos los campos de la vida nacional y el resultado es el mismo: injusticia por doquier.
Terriblemente, los gobiernos están al servicio de los millonarios y en todo momento defienden sus intereses económicos. Los políticos sólo son lacayos de los dueños del país. Sin importar la bandera política que flamean, al final siempre es igual, sólo le rinden culto al estandarte de la corrupción. Mientras tanto, seguimos escuchando su mismo discurso demagógico, que aman a Honduras y a los pobres y que van a luchar en contra de la corrupción. Palabras huecas que se lleva el viento.
El pueblo hondureño debe ser más beligerante, luchar por sus derechos y exigirle cuentas a los corruptos. De lo contrario, nada cambiará. y seguiremos hundidos en el pozo profundo de la amargura por los siglos de los siglos.

