
El alto costo de los alimentos continúa presionando la economía de miles de familias hondureñas. La canasta básica alimentaria supera los 16,000 lempiras mensuales, una cifra que excede el salario mínimo de algunos sectores laborales y refleja las dificultades que enfrentan los hogares para cubrir sus necesidades nutricionales, advirtió María Luisa García, coordinadora del Observatorio de Seguridad Alimentaria y Nutricional de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras (OBSAN-UNAH).
La especialista explicó que el cálculo de la canasta contempla 30 productos esenciales para la alimentación humana. Sin embargo, el incremento sostenido de los precios ha reducido la capacidad de compra de la población, especialmente de quienes dependen de ingresos limitados y deben distribuir sus recursos entre alimentación, vivienda, transporte, educación y servicios de salud.
“Los hogares en Honduras ahora mismo están viviendo en una crisis económica, en una dificultad para comprar alimentos”, expresó García al describir la situación que atraviesan numerosas familias ante el encarecimiento de los productos de consumo diario.

El problema no se limita al aumento del gasto destinado a la comida. También afecta la cantidad y la calidad de los alimentos que llegan a la mesa, ya que los hogares con menores ingresos deben ajustar sus compras, reducir determinados productos o buscar alternativas más económicas para intentar cubrir las necesidades de todos sus integrantes.
Los precios aumentan y el dinero alcanza para menos
Las cifras presentadas por el OBSAN reflejan la magnitud del incremento registrado en el costo de la alimentación urbana durante los últimos años. En 2019, el costo mensual de la canasta básica alimentaria por persona se situaba en 1,796.45 lempiras, mientras que para 2025 alcanzó los 2,683.60 lempiras.
Esta variación representa un incremento del 49.4 %, una diferencia que evidencia la presión acumulada sobre los presupuestos familiares y la dificultad de mantener el mismo nivel de consumo cuando los ingresos no aumentan al mismo ritmo que los precios.
El encarecimiento de los productos básicos obliga a las familias a reorganizar sus gastos y evaluar cuidadosamente qué alimentos pueden adquirir. En los hogares donde el presupuesto apenas cubre las necesidades inmediatas, cualquier aumento en productos de consumo frecuente puede significar una reducción de las cantidades compradas o la eliminación de otros artículos de la dieta.
Familias sacrifican otros gastos para poder comer
La presión económica también repercute en otras áreas de la vida cotidiana. Según García, algunas familias se ven obligadas a priorizar la compra de alimentos y dejar en segundo plano gastos relacionados con la salud y la educación.
Esta situación evidencia cómo el encarecimiento de la canasta alimentaria puede extender sus efectos más allá del mercado y afectar las oportunidades de bienestar de los hogares. Cuando una proporción cada vez mayor del ingreso se destina a comprar comida, queda menos dinero disponible para medicamentos, consultas médicas, útiles escolares, transporte y otros gastos indispensables.
En algunos casos, las limitaciones presupuestarias obligan a tomar decisiones difíciles entre necesidades que deberían atenderse de manera simultánea. El desafío resulta especialmente complejo para los hogares con niños, personas dependientes o integrantes que requieren atención médica continua.