
Hay fechas que aunque uno quisiera que pasaran al olvido, permanecen imborrables e inmarcesibles en nuestra memoria. Entre esos días está el 4 de agosto. Hoy hace exactamente 40 años, el 4 de agosto de 1986 una bomba del tipo C 4, explotó debajo de mi vehículo, estacionado en el pequeño garaje de mi casa en la Colonia La Primavera, siendo las 4:05 de la madrugada. El reloj del vehículo se detuvo a esa hora. Era un día lúnes, cuando por rutina salía de mi casa a las 4 de la madrugada, y a esa hora debía estar en camino rumbo a mi faena radial que comenzaba a las 5 de la mañana en aquel tiempo. La Divina Providencia me salvó, al cambiar la rutina por aquel único día. Todo fué producto de la celebración de varios cumpleaños de amigos, que se juntaban entre los últimos cinco dias del mes julio y los primeros cinco días del mes de Agosto.
Formábamos el grupo de padres de familia de Los Gigantes, una organización de beisbol menor a la que pertenecíamos varios amigos con nuestros pequeños hijos. Por iniciativa de dos de ellos, Emilio Aguirre y Percy Laínez , planeamos una excursión para ir con nuestra familias a pasar un fin de semana en el puerto de Tela, y manejando personalmente el vehículo, confieso que no soy muy resistente y me canso. Asi que, regresando aquel domingo 3 de agosto por la noche, agotado por manejar un trayecto directo desde Tela a Tegucigalpa, pedí a mis colegas de la radio que me auxiliaran para poder llegar el lunes una hora más tarde a la emisora. Mi rutina de los lunes era salir de mi casa a las 4 de la madrugada, para tener una hora para revisar los materiales del noticiero.
Pero ese lunes 4 de agosto 1986, la alarma estaba programada para las 5 de la mañana. La bomba C-4 explotó a las 4.05 de la mañana, hora en que habitualmente todos los lunes estaba en camino a Radio América. Dos semanas después del atentado, todavía en estado groggy, una noche, temprano, el vigilante de la emisora me dijo que un jóven quería hacer una denuncia y que necesitaba hablar conmigo. Inconscientemente le dije al vigilante, el recordado Santos Sabillón, que lo pasara a mi oficina. Cuando la persona entró a mi oficina, cerró la puerta con llave, se me heló la sangre y me senté, paralizado en mi silla. Creí que esa persona me llegaba a rematar, a finalizar lo que no pudieron hacer con el explosivo días antes. El tipo me serenó, me dijo que me tranquilizara, que no venía con la intención de hacerme daño. Me contó que el formó parte como motrista de la unidad del batallón 3-16 con la misión de eliminarme. Me habian estudiado un par de semanas, sabían que el día lunes era el indicado para el atentado, porque era cuando salía más temprano de mi casa. Dos Lunes de observacion les bastó para tener esa certeza. El cerco de mi casa era muy bajo, y lo podían saltar con facilidad.
El tipo me contó con detalles quienes integraron aquella unidad; eran tres elementos activos y un motorista. Dos de ellos ya murieron: el teniente Mejía murió en Callejones. Santa Bárbara, era experto en explosivos, formaba parte de una banda de militares robacarros, lo traicionaron y lo mataron otros militares que estaban en el negocio. Otro, el capitán Jiminson, murió en El Progreso en situación no aclarada. El tercero aún vive, es militar retirado, es empresario y ha participado en varias elecciones, la ultima vez por el PLR. El motorista, un sargento activo, que fué quien me visitó dos semanas después del atentado, me confió que todos los que fallaban en ese tipo de misiones se consideraban «hombres muertos». Asi que, esa misma noche, emprendió un escape hacia El Salvador, buscando llegar a Canadá donde residían varios familiares.
A partir de entonces, por recomendación de Jacobo Goldstein, empecé a usar motorista como precaución de seguridad. La razón del atentado? Me había embarcado en una campaña, más tozuda que persistente, para que el dinero que enviaba EEUU destinado a la contra-revolución nicaraguense, no fuera entregado a los jefes militares hondureños, porque se estaban quedando con la mayor parte, dejando a los contras desamparados. Aquella denuncia molestó a los dos más altos jefes militares de aquel año: General Humberto Regalado Hernández y Cnel Roberto Núñez Montes, quienes me habían advertido en términos groseros que me iba a ir mal por meterme en ese asunto. La mañana después del bombazo, Regalado Hernandez llamó al teléfono de mi casa que seguía funcionando, y muerto en risa me dijo que «si estaba asustado» . Solo atiné a decirle: «chafarote cobarde».
De esa experiencia inolvidable, mi familia, mi esposa y mis tres hijos, que eran niños pequeños en ese tiempo, fueron los mayormente conmovidos y afectados. Pasé años reflexionando, sobre mi temeridad periodística, por la que arriesgué sus vidas, cuando mis hijos apenas comenzaban a vivir. Después del atentado, durante una semana, el matrimonio Aida y Quique López, acogieron a mis pequeños hijos en su casa en la Colonia Satélite, por mientras reorganizaba mi vida y buscaba reparar la parte frontal de mi vivienda que quedó totalmente destrozada. Días después del atentado, me encontré con Emilio Aguirre y Percy Laínez, les dí las gracias porque gracias a ellos habia cambiado la rutina aquel 4 de agosto de 1986. Pero, ambos que eran catecúmenos, rechazaron mi agradecimiento señalando a lo alto del cielo, diciendo: » no fuimos nosotros, allá arriba está el que nos impulsó a programar aquella excursión que para bién cambió tu rutina. Desde entonces comprendí lo importante que es cambiar de rutina algunas veces. Así son las cosas y así se las hemos contado hoy lunes 4 de agosto 2026