Nery Alexis Gaitán

Honduras es un país muy rico en recursos naturales renovables y no renovables. Así que deberíamos vivir en un país muy desarrollado. Sería lo correcto, lo justo, lo humano. Cada ciudadano tendría una alta calidad de vida; entonces, transitar el camino de la felicidad sería posible.
La dura y terrible realidad es muy distinta. La mayoría de su población vive en la línea de la pobreza que rebasa el 60%, y cerca del 40% vive en pobreza extrema; es decir, viven en la miseria, por lo general sin poder comer los tres tiempos reglamentarios. Vivimos en un país empobrecido por la clase política, que desde siempre se ha especializado en corrupción, amparada por un alto grado de impunidad, que es la tragedia nacional, peor que todos los huracanes, plagas e inundaciones que han azotado el país.
Aquí todo es latrocinio, meruza, sinvergüenzada, y quien no roba, sobre todo al Estado, es un imbécil. La instauración de la corrupción, en todos los niveles de la sociedad, es el deporte nacional, al que el hondureño se entrega con más pasión que al fútbol o la religión. Nadie trabaja por el bien común, lo único que importa es el mezquino bienestar personal a costa de lo que sea. Llegar al poder para saquear los bienes del Estado es la única motivación que tienen los políticos; servirse a sí mismos, amasar fortuna, y nunca ayudar a los pobres es su forma miserable de actuar cada día.
Los retos que enfrentamos los hondureños son muy grandes. La prioridad sería mandar al carajo a la clase política actual y sustituirla por ciudadanos honrados, éticos, que estén dispuestos a trabajar por ayudar a mejorar las terribles condiciones de vida de los pobres. De lo contrario, es posible que nada cambie para bien.
Hoy por hoy, lo que tenemos es un desastre de país. El infame sistema de salud pública está colapsado. Los hospitales están casi en abandono, con equipo médico obsoleto o en mal estado; están desabastecidos de medicinas, lo mora quirúrgica es alta, los pacientes se mueren esperando una operación que nunca se les realiza. El personal médico está mal pagado o sin sueldo; algunos médicos son unos déspotas para tratar a los pacientes y los dejan morir sin remordimiento alguno.
La educación pública está desfasada, con planes de estudio desactualizados; más de 1.1 millones de niños y jóvenes están fuera del sistema educativo; es alto el porcentaje de escuelas unidocentes; los edificios están derrumbándose y no hay material escolar; además, los profesores han abandonado el apostolado de la educación por defender agendas políticas adversas a la democracia.
La inseguridad ciudadana es alarmante, la delincuencia común crece más cada día, lo mismo la extorsión y la influencia de maras y pandillas, y el crimen organizado actúa a su antojo. La política de seguridad es un total fracaso.
La tasa de desempleo es altísima y las nuevas fuentes de trabajo son escasas. Esto tiene como consecuencia que la juventud está siendo captada por las maras y el crimen organizado. Son pocas las opciones de salir adelante, en lo correcto, que tienen los jóvenes.
Las carreteras están semidestruidas; el agro sin asistencia técnica; los fertilizantes y demás insumos están muy caros; los bancos prestan con intereses altísimos endeudando injustamente a los agricultores. Y la lista de desgracias es muy larga…
Los retos para cambiar el país son muchos, pero no imposibles de realizar. La prioridad debe ser eliminar la corrupción y la impunidad que la defiende. Trabajar intensamente por el bienestar común es el camino. Urge priorizar una salud y educación de calidad que son los pilares para desarrollar Honduras.
Todo hondureño bien nacido debe hacer su parte, trabajar honestamente; así se construye la patria. ¡Honduras es de todos!