
La masacre registrada en el asentamiento campesino de Rigores, en Honduras, dejó una profunda crisis humanitaria en la comunidad. Entre las víctimas se encuentran trabajadores rurales que sostenían a sus familias, ahora marcadas por la orfandad y el desamparo.
Don Brígido García, de 76 años, perdió a tres yernos y a un nieto en el ataque, y relató el impacto devastador del hecho al asegurar: “yo nunca lo había pensado que esto iba a haber”. Los sepelios reunieron a la comunidad en medio de escenas de dolor y consternación.
Las familias afectadas ahora enfrentan la crianza de menores en condiciones de vulnerabilidad, bajo el cuidado de abuelos de avanzada edad sin recursos suficientes.
La comunidad exige justicia mientras persisten las sospechas de que el hecho estaría vinculado a conflictos por la tenencia de tierras en la zona.