
Que Honduras no sea igual a Costa Rica, o Guatemala, ni igual a El Salvador, ni siquiera igual a Nicaragua, no debe ser un consuelo especial. Lo que nos debe importar es que Honduras no sea «jonduras», el país que por la jodedera de la izquierda era aminorado y precipitado deliberadamente a la gravedad de una triple crisis en que, más allá de lo económico, lo que nos deparaba el gobierno saliente del PLR era convertirnos en una realidad de pobreza y miseria, igual que Cuba y Venezuela. En los últimos 35 años, Honduras fue enfrentando sus dificultades económicas, nos pudo haber ido mejor, pero la clase política que nos ha gobernado no ha tenido la visión futurista y con una escasa mentalidad apenas hemos obtenido logros para no quedar rezagados del todo. Es decir que, no somos lo que tenemos que ser, lo que debemos ser, con tantos recursos, con suficiente territorio, muchos bosques y agua abundante, pudiéramos ser una nación como Taiwán o Singapur.
Porque un país progresa conforme la calidad de su realidad humana, es decir, su gente, sus líderes, especialmente estos últimos, donde radica la plenitud de los ideales de una nación. Es en relación a sus líderes cómo un país debe ser juzgado y valorado. Y en este aspecto Honduras vive horas precarias, alejada de un gran ideal, porque los líderes que entran al escenario político con ánimo de conducir los destinos de nuestra nación pertenecen a los niveles inferiores de preparación, lo que nos coloca en un nivel inferior, no con relación a otras naciones, lo que no sería acaso muy grave, sino inferiores a sí mismo. Un síntoma nos lo ofrecen los últimos resultados de las autoridades salientes: el expresidente Manuel Zelaya no pudo aprobar ni siquiera las primeras asignaturas en la Universidad Nacional, y la última primera magistrada presidencial del país, Xiomara Castro, apenas ostentaba la condición de ama de casa. Sus pobres resultados en el gobierno los delataron al dejarnos casi nada que se pueda apreciar con admiración, de no ser por la racha negativa en todos los campos de su infortunada administración.
Entonces ¿qué debería hacer el gobierno entrante del presidente Nasry Asfura, a pocas horas de haber asumido la dirección del país? Como ya todo está inventado, el nuevo gobierno debe guiarse por un plan de nación que le indique como ejecutar de manera efectiva el Presupuesto de la República, que es el aspecto clave para poner a Honduras en la ruta del desarrollo. Sería un error que el gobierno solo se ponga en las manos del FMI, el camino por donde Honduras puede transitar con éxito asegurado para tener mejores expectativas es abrir espacios garantizados a la inversión extranjera, asegurándoles a los inversionistas un respeto legal irrestricto a sus inversiones.
Desaparecida del escenario nacional la locura política del Partido LIBRE (PLR), la reincorporación de Honduras al CIADI es un paso positivo que nos vuelve un país confiable. En el ámbito internacional esta es una gran señal que nos rescata de la invertebración institucional en que nos mantuvo el Gobierno de Xiomara Castro durante cuatro años de oscuridad, que por ningún punto debe repetirse en el futuro, y que ojalá los políticos nacionalistas lo entendieran con claridad, porque el ascenso de LIBRE al poder, apoyado por Salvador Nasralla, es el parón más lamentable que ha dejado a nuestro país convertido en el vagón de cola en el istmo centroamericano. Pero, sin desconocer que el daño causado por los doce años de gobiernos nacionalistas y los cuatro años del Gobierno de Xiomara Castro, es también consecuencia de una grave crisis intelectual y moral que padece la sociedad hondureña.
Estos problemas no los resolverá el Gobierno de Nasry Asfura, pero si logra imponer una mística de trabajo y honradez, sentará las bases para modelar y transformar la sociedad de acuerdo con su particular preferencia de trabajo, trabajo y más trabajo. En sus primeras horas de gobernante hemos visto su cercanía con la fe religiosa que lo denota como un militante que profesa su creencia en DIOS. Eso es muy bueno, porque un gobernante que cree en la fe sustenta sus actos en la rectitud, que es fundamental para evitar y combatir el flagelo de la corrupción que tanto daño le ha causado a nuestro país, porque entre más trasnochado y atravesado en las creencias diabólicas es un gobernante o funcionario, resulta más corrompido y más ladrón del erario público.
Fundamental para el gobierno del señor Asfura debe ser la educación, que al margen de que la función del gobierno no debe consistir en determinar un contenido tergiversado por la ideología, como se hizo en los cuatro años del Gobierno de LIBRE, lo primero que le debe preocupar al nuevo presidente es garantizar el ejercicio del derecho a ella, que no es algo partidista, sino un asunto de Estado, en que todos los niños reciban la instrucción escolar, impulsando las metas «educación para todos» que persiguen que todos los niños cumplan al menos nueve años escolares.
Parafraseando al celebre filósofo español Ortega y Gasset, cabe afirmar que, si Honduras es el problema, Honduras también es la solución. Entonces, no debemos permitir que por un mal gobierno nuestro país vuelva a la tradición política de que se llega al poder por el simple hecho de ejercerlo. En el orden de prioridades, está bien que el Gobierno de Asfura siga su trilogía de trabajo, trabajo y más trabajo. También debe preocuparse por implantar las dos grandes plataformas morales de la sociedad: eficiencia y honradez. ¡Porque no solo de pan vive el hombre!
Así son las cosas y así se las hemos contado hoy miércoles 28 de enero de 2026.