
Un buen amigo televidente, amigo de la juventud, me ha escrito para decirme que desde que nació no ha buscado otra cosa que la felicidad. Yo le dije que esa no es la mejor forma de no encontrarla. No es tan fácil definir y menos fácil es encontrar la felicidad. Aristóteles veía en ella el fin que persigue la vida humana, pero distinguía la felicidad de la acción, así como se distingue el logro del placer, así como el honor se distingue de la riqueza y del poder, y del conocimiento. Feliz el que puede conocer las causas de las cosas, dijo el gran Virgilio. De ahí que todas las filosofías que alejan la felicidad de este mundo al final no sirven de mucho si no contribuyen al bienestar de las personas que es lo que cuenta.
La democracia no es el modelo politico perfecto, pero es el que más se aproxima a la creación del bienestar que nos lleva a las personas a conseguir el mayor estado de felicidad. Los hondureños no vivimos en un paraíso, pero cuando nos gobierna una autoridad que se guía por el sistema democrático es cuando mejor experimentamos la sensación de la felicidad. Los últimos cuatro años estuvimos sumidos en un paréntesis angustioso, en medio de una constante desesperanza, en que la desgracia de haber perdido el Estado de Derecho desde el instante en que el Congreso Nacional fue asaltado en una acción vandálica, vimos la degradación real del Estado hondureño, convertido en una nación piltrafa, gobernada por individuos de ambos sexos, que pregonaban con orgullo practicar la corrupción, porque según ellos, en LIBRE (PLR) hasta los corruptos son honrados.
El gran remedio para combatir esa peste hecha gobierno, por culpa de los desmanes de los gobiernos anteriores, más la contribución de Salvador Nasralla, fue la democracia, el sistema que aunque criticado por aquellos que no cultivan el ejercicio del pensamiento y el razonamiento, permitió que el 30 de noviembre pasado los electores hondureños le diéramos el jaque mate a un régimen autoritario, que llego a la osadía criminal de intentar convertir a Honduras al modelo cubano, caracterizado por la improductividad que solo lleva a la pobreza y a la miseria.
Gracias a la Democracia, a partir de hoy los hondureños entramos a una nueva era, regidos por un gobierno electo en forma legítima, presidido por el ciudadano Nasry Asfura, un político pragmático, que no tiene las condiciones de los grandes oradores politicos, pero que manifiesta una admirable entereza por el trabajo. Su discurso no amerita un análisis riguroso, porque siendo un mensaje expresado en la forma más sencilla y franca, trasluce en un vocabulario sencillo la idea del nuevo mandatario. Nasry Asfura es una persona nacida y forjada en el yunque del trabajo. Sus alocuciones políticas, desde que lo empezamos a escuchar cuando era candidato a la alcaldía de Tegucigalpa, se basaron siempre en satisfacer la necesidad de trabajo de los hondureños. Los discursos de Tito Asfura siempre están basados en la trilogía: trabajo, trabajo y más trabajo.
Y ese discurso del nuevo Presidente Nasry Asfura encaja como una necesidad en los tiempos como los que hemos vivido estos cuatro años, cuando el gobierno de Xiomara Castro, inconcebiblemente se dedicó a cerrar fuentes de trabajo, con una serie de medidas absurdas que declaraba enemigos del gobierno a los inversionistas y empresarios. La estupidez de rechazar las zonas especiales de desarrollo, que existen en Cuba y Venezuela, fue algo de lo más desalmado y estúpido. Pensar que un fuerte inversionista no requiere de la protección legal del Estado, es propio de los regímenes radicales de izquierda. Hoy, con el gobierno de Nasry Asfura, esperamos un respeto absoluto a la libertad económica, porque sin libertad la economía no se puede desarrollar y sin una economía libre es imposible aspirar al bienestar ya la prosperidad de los hondureños.
Hoy, después de cuatro años angustiosos que vivimos bajo un régimen autoritario, plagado de abusos y corrupción a rienda suelta, con el gobierno de Nasry Asfura esperamos que Honduras se recupere en todo sentido. Hay que comenzar recuperando el pleno Estado de Derecho que perdimos desde aquel fatídico enero de 2022, cuando una horda de politicos vandálicos impuso en forma violenta al diputado Luis Redondo, usurpando la conducción del Poder Legislativo, por lo que la justicia hondureña debe ajustarle cuentas al usurpador.
Honduras respira democracia desde el primer momento en que el presidente electo Nasry Asfura fue juramentado; estamos donde siempre debimos estar: en la ruta democrática, hasta que, por culpa de los desmanes gubernamentales, Mel Zelaya con el apoyo de Salvador Nasralla, se hicieron del poder para hacer naufragar el avance que había logrado Honduras. Contrario a lo que dijo la expresidente Xiomara Castro, al despedirse, su gobierno no cumplió, no puede alardear de haber cumplido su misión, porque todo su gobierno fue de despropósitos, el ánimo de hundir al país es el sello que nos hereda: un país con una economía hecha trizas, con un sistema de salud totalmente descalabrado, un Seguro Social destruido, un sistema de seguridad ciudadana triturado, un aparato productivo acorralado para volverlo de lo más improductivo, y como la mentira fue la plataforma política, nos ocuparía horas para enumerar todo lo incumplido por el gobierno de la expresidente Xiomara Castro.
Los nacionalistas tienen la oportunidad de reivindicarse, las circunstancias les han favorecido para volver a gobernar el país. Deben hacer un gobierno eficiente y honesto. Los electores hondureños se lo demandamos. El presidente Nasry Asfura, un pragmático que navega con la bandera del trabajo, deberá esmerarse que su gobierno responda a las esperanzas del pueblo hondureño, que una vez más ha confiado en la Democracia para lograr la felicidad.
Así son las cosas y así se las hemos contado hoy martes 27 de enero de 2026.
